“Tengo 19 años de vivir aquí en Ciudad Romero, Bajo Lempa. Me regresé en 1992 con la Firma de los Acuerdos de Paz y hemos pasado por varias pruebas: la primera fue el Mitch, después Ida y la última la tormenta E12” cuenta Cristina Reyes, esta mujer de tez clara que está sentada frente a mí en una silla de madera adentro de una pequeña tienda con pocos artículos para vender pero que resultan valiosos para una comunidad tan lejana.

Ciudad Romero cuenta con 271 familias, con un total de 800 habitantes, pero sola es una de las tantas comunidades que habitan en medio de la zona propensa a las inundaciones provocadas por las descargas de agua dirigidas del rio más grande de El Salvador, el Lempa. El año pasado, en la madrugada del 7 de octubre se desató la depresión tropical 12E en un área de la atmósfera que fue perturbada a unos poco cientos de kilómetros al sur de la costa de México. La depresión rápidamente se convirtió en un evento atmosférico organizado, el cual dos días después, fue señalado por el Centro de Huracanes (NHC)  como un área de baja presión dispuesta a convertirse en depresión tropical. A partir del 12 de octubre la lluvia no cesó en 11 días. El Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) determinó que la cantidad de agua acumulada por las lluvias, 1,200 mm, en tan sólo seis días superó los registros de agua acumulada durante el huracán Mitch (1998), la tormenta Ida (2008) y Agatha (2009). Las pérdidas fueron cuantiosas: 33 fallecidos, 25 lesionados, 5 desaparecidos, 24, 808 evacuados y 24,162 albergados.

“Eran las 10 de la noche y el agua había llegado hasta aquí” señala Cristina con su mano en la pared aproximadamente a una altura mayor a la de un metro. “Vinieron a evacuarnos, pero yo me quedé con algunas pocas personas en el albergue porque algo nos decía en nuestros adentros que no todas las personas de la comunidad habían salido de sus casas. Muchos no querían dejar sus hogares por el miedo de perder sus pertenencias así que nos quedamos con algunas colchonetas. Como a eso de las 11 de la noche fueron llegando algunas personas en lanchas, todos ancianos, enfermos… los más débiles” comenta con resignación Doña Cristina mientras con sus manos y el movimiento de sus ojos me delata lo triste de la escena. “Pasamos varios días evacuados y cuando regresé, como a eso de las 10 de la noche, entré a mi casa y vi todo el daño. No teníamos luz y el olor a animal muerto era ¡insoportable! Lo único que pude hacer fue encender una vela, entré a mi casa… me senté, y me puse a llorar. Esa vez si me impactó” relata la mujer.

Debido a la magnitud de los daños, el Fondo Solidario para la Salud (FOSALUD) trasladó a todas sus Unidades Móviles a las zonas de mayor impacto. Ciudad Romero, fue una de ellas. “Cuando regresé a los primeros que vi acá fue a la gente de FOSALUD dando consultas en el albergue” recuerda Cristy. En total, las Unidades Móviles  atendieron 17 albergues brindando 1,472 consultas médicas, 31 referencias a centros hospitalarios y 185 atenciones mentales. Estas últimas tienden a ser las más olvidadas.
Si bien es cierto, las inundaciones ocasionan pérdidas cuantiosas en la infraestructura y en el tejido social de las comunidades del Bajo Lempa, lo que no resulta tan evidente en un primer momento, son los efectos psicológicos que se producen en la salud mental de los pobladores. A partir de ello FOSALUD con el apoyo del Fondo Internacional de Ayuda a la Infancia (UNICEF, por sus siglas en inglés) desarrollan el proyecto “Atención psicosocial a la población del Bajo Lempa afectada por la Depresión Tropical 12-E”. El proyecto busca fortalecer las capacidades institucionales nacionales y locales en gestión de riesgos y en la implementación de programas de atención de emergencias enfocados en el interés supremo de la niña y el niño (Programa de País 2011-2014 de UNICEF). A través de ello se trabaja por aliviar los efectos psicológicos adversos para la salud mental de la población del Bajo Lempa afectada por la DT 12-E y fortalecer las redes sociales comunitarias para mejorar la atención temprana de los efectos psicológicos de los desastres y la violencia familiar especialmente en niños, niñas y adolescentes.

Son ya aproximadamente más de 2,000 personas las que han recibido terapias lúdicas facilitadas por personal FOSALUD con el apoyo de líderes y lideresas comunitarios ya capacitados por el Fondo. A través de juegos implementando el Retorno a la Alegría, dinámicas de desahogo e intervención en crisis y  a través de la comprensión del ciclo de vida adultos/as niñas, niños y adolescentes están siendo beneficiados. La meta no es un imposible: cada día desde tempranas horas de la madrugada, más de 29 terapeutas lúdicos provenientes de distintas zonas del país se trasladan hacia los departamentos de Usulután y San Vicente con el objetivo de brindar esta atención a una población de 6,000 personas.

El calor no cesa, el sudor escurre como gotas de lluvia, y el cansancio y sueño por las largas horas de labor son un verdadero reto. Giovanni Álvarez, médico de FOSALUD dedica todos los días de la semana a brindar estas terapias en la comunidad de Tierra Blanca, municipio de Jiquilisco, departamento de Usulután. “Para mí esta ayuda no tiene precio. El esfuerzo que hacemos no sólo lo estamos haciendo nosotros, sino también las comunidades enteras, porque son ellos y ellas los que comprenden la necesidad de apoyarse para superar estos impactos” comenta mientras me mira fijamente a través de sus lentes pequeños y transparentes, sin darle mayor importancia al sudor que corre por todo su rostro.

Aquí en el Bajo Lempa la organización comunitaria es la base de la supervivencia. En el municipio de San Marcos, un radio sirve de canal de comunicación para el aviso de las descargas de agua provenientes de la represa. Una voz anuncia por un megáfono a las comunidades mientras una sirena alerta a la población para dar el aviso. Cristina y las mujeres de Ciudad Romero no se quedan atrás.  Son ya casi 19 años de estar organizadas y son ellas, a través de los años, las que han logrado instalar un comedor para la comunidad, una casa de la mujer, un albergue y una casa juvenil. Para la mujer que está frente a mí, y así como es para la mayoría de las mujeres de este nuestro pequeño país,  la vida… no ha sido fácil. “Al principio costó. Los hombres no dejaban que sus esposas formaran parte de este grupo de mujeres, porque como veían que yo estaba sin marido y criando sola a mis niños pensaban que eran inventos míos porque no tenía nada que hacer” comenta con cara de decepción.  “Pero cuando los hombres vieron que la ayuda sólo nos la daban a nosotras porque estábamos organizadas, ahí se dieron cuenta de que les convenía y fueron dejando que las mujeres se integraran” cuenta soltando una pequeña carcajada bañada de picardía.

Cristina tiene ya seis hijos, tres en el “norte” y tres en este país que forma parte del “sur”. Los ha criado sola como muchas mujeres que conocemos. A pesar del conflicto, tormentas y terremotos, ella sigue aquí. Sonríe a la vida con el poder de saber que solamente tiene esta oportunidad para ser feliz. Sabe que quizás este año y probablemente el otro, la lluvia volverá a inundar su casa pero sí, ella sigue aquí, esta vez en silencio y sonriéndome mientras lanza maicillo a las docenas de pollos que forman parte de su sustento diario.